¿Quién está ganando con la tregua de las maras?

Por Deylin Gutiérrez

Para ciertos sectores de la población salvadoreña, las maras le están ganando el pulso al Gobierno en la famosa tregua que decretaron hace ya más de un año. Y creo que llevan algo de razón.

La Policía salvadoreña registró el año pasado 2,576 personas asesinadas en ese país centroamericano, es decir 1,795 menos que los ocurridos en el 2011. Según las autoridades, esa disminución se debió a la negociación entre los jefes de las pandillas y a la actuación policial.

Sin embargo,  diversos sectores consideran que los pandilleros no han dejado de matar, si no que han cambiado el modus operandi. Ahora, en vez de dejar a los muertos tirados en las calles, los entierran o los hacen desaparecer.

La Procuraduría para la Defensa de Derechos Humanos (PDDH) de El Salvador reconoce que las desapariciones son una nueva forma de expresión de violencia y de inseguridad en ese país, y desconoce  a  qué hechos atribuir ese nuevo fenómeno social.

El Instituto de Medicina Legal (IML) salvadoreño registró el año pasado 1, 612 desapariciones en todo el país,  48 menos que las reportadas por la Policía.

De esas personas, más de un centenar aparecieron muertas y  más de 600 siguen en paradero desconocido. Los desaparecidos  son jóvenes de entre 17 y 30 años. En 2013 esa cifra ha ido en aumento en algunos barrios casi en un 50 por ciento.

Pero el argumento de más peso que tienen los salvadoreños para dudar de la tregua es el tema de la extorsión.  Los pandilleros nunca han dejado de chantajear e imponer el miedo en los barrios que dominan a cambio de dinero.

El Gobierno por su parte continúa con su opacidad informativa sobre la negociación, lo que a juicio de algunos expertos hace que los pandilleros sean los que marquen las pautas a seguir.

Si las cosas continúan como hasta ahora es difícil pensar que la violencia en El Salvador, será cosa del pasado, lo que sí está claro es que de momento, la historia sobre este “proceso de paz” la  seguirán escribiendo los delincuentes desde la cárcel.

Obama, las armas y Centroamérica

armas Centroamerica

Deylin Gutiérrez

No sabemos si llegarán a buen puerto, pero la ofensiva contra las armas que lanzara recientemente el presidente Obama beneficiará de alguna manera a la seguridad de México y Centroamérica.

Las autoridades de la región se han quejado de que la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado no tendría sentido mientras los Estados Unidos no pusiera de su parte en el tema. Y en eso llevaban razón.

Sostienen que no es posible que en la batalla contra la delincuencia organizada, la región ponga los muertos y que los Estados Unidos -que es el último eslabón de la cadena sangrienta- solamente hagan declaraciones de buenas intenciones para atajar el problema.

Sobre todo cuando el mismo Obama reconocía públicamente que el 90 por ciento de las armas que obtienen los criminales mexicanos -y que luego se han trasladado a Centroamérica– provienen de los Estados Unidos.

La causa de la inseguridad de la región la tienen en parte las armas. Las legales y las ilegales. Las que entran y salen sin ningún control, y que en alguna ocasión fueron introducidas por el mismo gobierno de los Estados Unidos, como  es  el caso Fast and Furious  en el que miles de armas entraron de manera ilegal en México.

Un estudio sobre la delincuencia organizada en Centroamérica y el Caribe elaborado por la Naciones Unidas en  septiembre del 2012 refiere que el 77 por ciento de los homicidios ocurridos en la región se producen con armas de fuego y que detener el flujo de armas hacia los criminales  debería ser una prioridad para las autoridades.

La mayoría de armas que hay en la región han sido compradas legalmente en los Estados Unidos. Aunque algunas fueron traficadas, muchas de éstas son importadas con sus documentos en regla y sólo más tarde son desviadas al uso ilícito.

En general los rifles de asalto, no son los que más se utilizan en la delincuencia urbana. Sí lo son las pistolas, por ser más fáciles de ocultar, más fáciles de usar a corta distancia y más efectivas para casi todas las tareas de los criminales.

El informe de la ONU calcula que en Centroamérica hay unos 2.2 millones de armas de fuego registradas,  de las cuales 870 mil están en manos de las fuerzas de seguridad y 1.4 millones están registradas por civiles.  Además estima que hay unos 2.8 millones de armas  que no están controladas.

En Centroamérica no habría necesidad de traficar armas, si tomamos en cuenta que ya están aquí. Son en muchos casos, una herencia de la guerra de los años 80 y 90. Sin embargo, en la coyuntura actual la ubicación de esas armas y su demanda  no es la misma.

Salvo en circunstancias excepcionales, no hay una relación directa entre las armas de fuego de alto calibre y los homicidios ocurridos en la zona. La mayoría de  los crímenes se producen con armas cortas.

En Honduras, uno de los países más violentos del mundo,  el 63 por ciento de las pistolas incautadas entre 2008 y 2011 fueron las de 9mm y solamente se incautaron un 4 por ciento de los rifles de asalto. Lo que determina que el problema no son los rifles de asalto si no los revólveres.

Está por verse si esas medidas que anunció el presidente Obama van a surtir efecto en una región que se desangra todos los días por la violencia y el crimen organizado. Lo único que está claro  es que no será una batalla fácil para el presidente estadounidense y que en el camino pueden pasar muchas cosas.

Las hijas de la violencia

Por Deylin Gutiérrez

Imagen  de la agencia VU Miquel Dewever-Plana y de la periodista y escritora Isabelle Fougère.

Imagen de la agencia VU Miquel Dewever-Plana y de la periodista y escritora Isabelle Fougère.

Yo quería ser una mujer fuerte para que nunca me golpearan como a mi madre. Quería ser mejor para no dejarme lastimar por un hombre… En la calle buscaba amor, compresión, alguien que me diera afecto, pero yo sabía desde un principio que mi primera regla era matar, matar para conseguir amor.

Eso es lo que cuenta Alma, una ex marera guatemalteca en el documental web: Alma (hija de la violencia) que se estrenó haces unas semanas en las redes sociales y en la que narra sus andanzas en el infierno de la violencia.

Después de unos días le dijeron: ahora te vamos a bautizar, vas a integrar la  pandilla y vas a ser una de nosotros.  Y le dieron dos opciones: ¿quieres que te brinquemos a la ley del cholo -que era que me violaran- o  quieres que te golpeemos igual que a los homis?

Ella se decidió por la segunda, porque no quería ser una chica débil, quería sentirse con fuerza y que la respetaran igual que a los chicos. La idea de la violación no le hacía mucha gracia, pues había participado en una como espectadora, y no le gustó lo que vio aquella noche.

Y es que cuando se habla de las maras, se tiene la impresión de que ese es un mundo exclusivamente para los hombres. Sin embargo, hay evidencias bastante claras de que las mujeres también participan en esas actividades delictivas y Alma es una de ella.

El rol que desempeñan las mujeres en esos grupos está ligado a su condición sexual, y así como ocurre en otras esferas sociales, están subordinadas a lo que diga el varón.

En su mayoría se dedican a las labores del hogar, a cuidar a los enfermos y en menor grado al tráfico de armas y de drogas. Pero en los últimos años, éstas se han visto involucradas en actividades más violentas.

No se conocen cifras oficiales de las mujeres centroamericanas que están metidas en esos grupos criminales, sin embargo hay estudios independientes que sugieren que un 40 por ciento de las personas que dicen ser pandilleras son mujeres.

En Honduras, el Programa Nacional de Prevención, Rehabilitación y Reinserción Social (PNPRRS) calcula que en ese país hay un 20 por ciento de mujeres que pertenecen a estos grupos.

La mayoría de ellas, están organizadas en la mara Salvatrucha (MS-13) y operan principalmente en San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas del mundo.

Hace unos meses la Policía de Honduras alertó sobre el aumento en la participación de las mujeres en las pandillas criminales, y que éstas  estarían siendo entrenadas para actuar como sicarios.

El estudio Violentas y violentadas, elaborado en Guatemala, por la Initiative for Peacebuildingconcluyó que la experiencia de las mujeres en las maras está marcado por la violencia, la dominación y el miedo a su contraparte masculina.  Esas situaciones las viven en sus hogares, la continúan experimentando en las pandillas y la repite con su pareja, incluso después de abandonar la pandilla.

El documento revela que la vía más común para que las mujeres ingresaran a las pandillas  ha sido el noviazgo.  Ellas tienen una relación previa con un miembro de la pandilla y éste les facilita su incorporación al grupo.

Los motivos principales por los que abandonan esos grupos suele ser por la maternidad, cuando deciden crear una familia,  o cuando se meten a un grupo religioso.  Cuando se retiran deben de contar con la aprobación del grupo, si no es así serán consideradas unas traidoras y pueden pagarlo hasta con su vida.

Pasar durante cinco años en el infierno de las maras dejó a Alma secuelas difíciles de borrar. El día que le dijo a sus compañeros que dejaba la “clica”, éstos la dispararon varias veces y pensaron que la habían matado. Hoy está en una silla de rueda y en su pecho solo queda la marca de lo que fue su vida en esos grupos delincuenciales: los tatuajes.

Aquí puedes ver el documental completo de Alma – Hija de la violencia: http://alma.arte.tv/es/