Las hijas de la violencia

Por Deylin Gutiérrez

Imagen  de la agencia VU Miquel Dewever-Plana y de la periodista y escritora Isabelle Fougère.

Imagen de la agencia VU Miquel Dewever-Plana y de la periodista y escritora Isabelle Fougère.

Yo quería ser una mujer fuerte para que nunca me golpearan como a mi madre. Quería ser mejor para no dejarme lastimar por un hombre… En la calle buscaba amor, compresión, alguien que me diera afecto, pero yo sabía desde un principio que mi primera regla era matar, matar para conseguir amor.

Eso es lo que cuenta Alma, una ex marera guatemalteca en el documental web: Alma (hija de la violencia) que se estrenó haces unas semanas en las redes sociales y en la que narra sus andanzas en el infierno de la violencia.

Después de unos días le dijeron: ahora te vamos a bautizar, vas a integrar la  pandilla y vas a ser una de nosotros.  Y le dieron dos opciones: ¿quieres que te brinquemos a la ley del cholo -que era que me violaran- o  quieres que te golpeemos igual que a los homis?

Ella se decidió por la segunda, porque no quería ser una chica débil, quería sentirse con fuerza y que la respetaran igual que a los chicos. La idea de la violación no le hacía mucha gracia, pues había participado en una como espectadora, y no le gustó lo que vio aquella noche.

Y es que cuando se habla de las maras, se tiene la impresión de que ese es un mundo exclusivamente para los hombres. Sin embargo, hay evidencias bastante claras de que las mujeres también participan en esas actividades delictivas y Alma es una de ella.

El rol que desempeñan las mujeres en esos grupos está ligado a su condición sexual, y así como ocurre en otras esferas sociales, están subordinadas a lo que diga el varón.

En su mayoría se dedican a las labores del hogar, a cuidar a los enfermos y en menor grado al tráfico de armas y de drogas. Pero en los últimos años, éstas se han visto involucradas en actividades más violentas.

No se conocen cifras oficiales de las mujeres centroamericanas que están metidas en esos grupos criminales, sin embargo hay estudios independientes que sugieren que un 40 por ciento de las personas que dicen ser pandilleras son mujeres.

En Honduras, el Programa Nacional de Prevención, Rehabilitación y Reinserción Social (PNPRRS) calcula que en ese país hay un 20 por ciento de mujeres que pertenecen a estos grupos.

La mayoría de ellas, están organizadas en la mara Salvatrucha (MS-13) y operan principalmente en San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas del mundo.

Hace unos meses la Policía de Honduras alertó sobre el aumento en la participación de las mujeres en las pandillas criminales, y que éstas  estarían siendo entrenadas para actuar como sicarios.

El estudio Violentas y violentadas, elaborado en Guatemala, por la Initiative for Peacebuildingconcluyó que la experiencia de las mujeres en las maras está marcado por la violencia, la dominación y el miedo a su contraparte masculina.  Esas situaciones las viven en sus hogares, la continúan experimentando en las pandillas y la repite con su pareja, incluso después de abandonar la pandilla.

El documento revela que la vía más común para que las mujeres ingresaran a las pandillas  ha sido el noviazgo.  Ellas tienen una relación previa con un miembro de la pandilla y éste les facilita su incorporación al grupo.

Los motivos principales por los que abandonan esos grupos suele ser por la maternidad, cuando deciden crear una familia,  o cuando se meten a un grupo religioso.  Cuando se retiran deben de contar con la aprobación del grupo, si no es así serán consideradas unas traidoras y pueden pagarlo hasta con su vida.

Pasar durante cinco años en el infierno de las maras dejó a Alma secuelas difíciles de borrar. El día que le dijo a sus compañeros que dejaba la “clica”, éstos la dispararon varias veces y pensaron que la habían matado. Hoy está en una silla de rueda y en su pecho solo queda la marca de lo que fue su vida en esos grupos delincuenciales: los tatuajes.

Aquí puedes ver el documental completo de Alma – Hija de la violencia: http://alma.arte.tv/es/

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